miércoles, 5 de octubre de 2011

Los gerentes de la historia



Hay tipos que se creen dueños de la historia, o al menos sus albaceas. De sus documentos, sus libros, sus manuales, sus próceres, sus estatuas.
Nadie que no pertenezca a su mundo, a sus claustros universitarios, a sus cátedras hereditarias podrá jamás osar discutirles el concepto de historia que manejan.
Es el caso de Luis Alberto Romero, quien ahora nos alerta que de ninguna manera se nos ocurra reemplazar la figura sacrosanta de Julio Argentino Roca, por la de Néstor Kirchner.
En uno de los párrafos de su nota en el diario de La Nación, asegura:
"Es importante recuperar la perspectiva histórica, evitar los anacronismos y recordar uno de los principios básicos del oficio de historiador: los hombres y las instituciones deben ser comprendidas en el contexto de su época, sus prácticas y sus valores. No sólo ayuda a hacer buena historia, sino a tomar las lecciones correctas del pasado".
Que es precisamente lo que Romero no hace, al comparar las prácticas políticas de un país democrático en el siglo XXI, como es la Argentina, con la conducta de los monarcas en la Roma del primer siglo de nuestra era.
Si bien ya me expresé en contra de la sacralización y ritualización de los nombres de los líderes políticos como hice aquí, y hasta podría discutir la perspectiva que algunos tienen sobre la figura de Roca, de lo que nos habla Romero no es ni de Kirchner ni de Roca.
Es una caracterización de la historia como un coto de caza. Como propiedad privada. Esa propiedad privada se relaciona en forma clara con los dueños del poder económico y de la tierra en nuestro país –no por nada la nota se publica en La Nación-. Y allí no puede entrar cualquiera. Solo aquellos que sus gerentes, o sus patovicas, permiten.
Los historiadores como Romero, pertenecientes a la corriente de la “Historia social”, aportaron algunos fundamentos al estudio de las ciencias sociales provenientes de las corrientes filosóficas europeas (estructuralismo, marxismo, etc.), pero jamás pusieron en duda la antigua historiografía liberal de la Argentina. Y sobre todo la emprendieron contra cualquier forma de revisionismo y, por ende, de política a favor de las grandes mayorías.
Como señala Norberto Galasso: “Romero (h.) comparte la opinión de Halperín ya transcripta donde confiesa que la Historia Social se propone “enriquecer” pero no cuestionar a la Historia Oficial. La estatua de Mitre permanece incólume e inmaculada: “Mitre inventó la Nación Argentina, la Identidad Nacional que era lo que necesitaba para desarrollar su proyecto de Estado nacional. Él decía que la patria nació en 1810 y hoy un historiador no sostendría eso, pero está bien que él lo haya hecho porque tenía una función política, cívica”. Ocurre, sin embargo que el mismo Romero (h.) ha declarado que “los revisionistas no querían hacer historia sino política y por ello no les preocupaba el rigor”, de lo cual resulta que la intencionalidad política y la ausencia de rigor se tolera cuando se trata de Mitre y no cuando proviene de los revisionistas”.
Obviamente, toda la fundamentación de Romero esconde su persistente y confeso gorilismo. Pero creo que lo que más le molesta es esa manía que tienen algunos movimientos populares y sus historiadores de polemizar con la historia que nos contaron, y que ya tenemos comida y bien digerida. La historia que escribió Mitre, que nos habla del magnífico periodo de la organización nacional, mientras se degollaban gauchos y se asesinaban indios; la que encarnó Roca más adelante, poniendo en marcha “el granero del mundo”, con un grupito de aristócratas llevándose la vaca atada a Europa y con miles hacinándose en inmundos conventillos.
Como las tablas de la Ley que mostró Moisés a los hebreos, la historia ya está escrita, no hay que andar debatiendo sobre ella. Los Romero sólo son gerentes, que se dedican a administrarla. Y a cuidar que ningún desgarbado líder patagónico se les cuele por el ventiluz.

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