
Había una vez una señora llamada Ernestina, que era dueña de un diario. Una mañana, sorprendida, encontró en una canastita frente a la puerta de su casa a dos niñitos, recién nacidos, que por lo visto no tenían ni papá ni mamá. La señora, de gran corazón, los crió como si fueran sus propios hijos. Y los años pasaron...
Pero un día, unos señores jueces, que son quienes deben resolver si se cometió un delito, y quien lo cometió, decidieron entrar a la casa de esos chicos (que ya son grandotes), para sacarles un pelito del peine o un poquito de baba del cepillo de dientes. Eso que agarraron ahí se lo llevaron a unos señores muy estudiosos en un laboratorio, para que se fijen si su ADN, su código genético (N. del R.: ¿esto como lo explico?), coincide con los de unas señoras que hace mucho, mucho, están buscando a sus nietos. Esas señoras se hacen llamar las Abuelas de Plaza de Mayo y usan unos pañuelos blancos en la cabeza.
Hace muchos años, los militares que gobernaban el país, y que eran malísimos, secuestraron a los hijos y a los nietos de esas señoras. Los hijos nunca más aparecieron. Y muchos de esos nietos fueron entregados a otras familias. Los militares que hacían eso se llevaban bárbaro con la señora Ernestina, con quien fabricaban papel juntos y hasta brindaban con champan.
Entonces, cuando los del laboratorio hicieron sus experimentos, se dieron cuenta de que... (Continuará)
Je, no te había leído este, fantástico
ResponderEliminarParece un cuento fantástico, lo increíble es que está basado en hechos reales... (To be continued)
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