
Los argentinos somos de descreer.
Descreemos de los políticos, del gobierno, del congreso, de la justicia, de las fuerzas de seguridad, de los sindicatos, de la iglesia católica.
Descreemos de lo que nos dice el servicio meteorológico – lo bien que hacemos – y de las profecías apocalípticas de Lilita Carrió – menos mal -.
No creemos en las cifras del INDEC ni en las que dan los economistas que putean todo el tiempo por lo mal que anda el país.
No creemos en las empresas de servicios administradas por el Estado, pero tampoco en las privatizadas.
Y ahora tampoco creemos que
los Pomar se hayan matado en un accidente ni que alguien haya
amenazado al helicóptero de la Presidenta.
No creemos en Papá Noel, ni en los Reyes Magos.
Ni en el Hombre de la Bolsa.
Ni en el Cuco.
Y tampoco creemos en los que no creen.
Y en los que no les creen a los que no creen.
Bah, creo yo. O, mejor dicho, no creo…