
Primero fuiste el misterio, la fascinación de lo lejano, de lo insondable. Rumores de acordeones parisinos, de bohemia europea...
Luego, de a poco, esa presente ausencia se fue corporizando. Y te hiciste carne, cara, voz, risa, canto, llanto.
Y al fin te tuvimos entre nosotros. Pudimos sentir tu risa, tus caricias, tus abrazos. Con la certeza de que eran efímeros. Y tal vez por eso, más intensos.
Finalmente, una patriada familiar me llevó hasta tu nueva tierra. Y con mi admiración adolescente pude aprender de vos, asomarme contigo a aquel misterio milenario llamado México. Me río al pensar en el reproche por haberme quedado tanto tiempo en la cima de la Pirámidel del Sol, en Teotihuacán, maravillado por esa belleza difícil de describir. Con generosidad, me abriste los brazos y me mostraste cosas que ni siquiera me imaginaba que conocería. Tu arte, tus amigos, algunos vicios. Y lo más importante: pude sentirme más cerca tuyo.
Luego, la vida. Las distancias y las rutinas familiares y laborales. Los años. Era más lo que nos separaba que lo que nos unía. Aunque, hasta el día de hoy siento que tanto el uno como el otro sabía que estaba aquí, que estabas allí, adivinándonos casi a la distancia. Queriéndonos a nuestra manera, aunque no lo dijéramos.
Con tu arte, con tu vida errante - aunque en el final lograste echar amarras - para mí siempre fuiste un navegante. Te imagino con el uniforme en la proa del buque. Como aquellas figuras románticas de las novelas adolescentes. Como el Corto Maltés. El pecho erguido, de cara al sol, el cigarrillo entre los labios, sin mirar por un instante atrás. Que el viento te lleve adonde él disponga. Y bien que lo hiciste. Como dice la canción: "Navega alma mía, navega, respira el dolor por las velas".
Yo, desde esta costa, seguiré viendo como pasa tu velero. Y diré: allá va mi tío Luis, al que quise tanto... Hasta siempre navegante.